Tuesday, July 26, 2011

Guatemala

GUATEMALA NUNCA MAS: "MEMORIA, VERDAD Y ESPERANZA"

"Como quema el fuego el monte, como sopla el viento y quema,
Así queman las historias, ¡Ay, ay, de mi tierra!"

Miguel Angel Asturias (Premio Nobel de Literatura 1967)

Al llegar a la capital de Guatemala, procedentes de San Salvador, quienes seguimos esta ruta centroamericana recibimos un verdadero "baño de pueblo" al abordar uno de esos autobuses "polleros" donde colocan a tres pasajeros en cada asiento; pero el viaje desde la capital chapina hasta nuestro primer destino es corto, y el paisaje, como siempre, verde y frondoso. Arribamos a la Antigua, una ciudad bellísima tanto por la armonía de sus calles empedradas, casonas solariegas y monumentales iglesias, como por su dramático entorno: rodeada por tres impresionantes volcanes.
Antigua está llena de historia y tragedia: Fue sede de la capitanía general de Guatemala (dependiente de la Nueva España) en la época colonial, sufrió un temblor devastador en el siglo XVIII, del cual todavía se ven las imponentes ruinas de su catedral, en la cual está enterrado el célebre cronista Bernal Díaz del Castillo.
Su mercado de artesanías en una fiesta para los ojos por el brillante colorido de los fabulosos textiles mayas, y además la abundancia de turistas extranjeros imprime a la ciudad un cierto aire cosmopolita... Disfrutamos la belleza de Antigua (patrimonio mundial por la UNESCO) un par de días antes de proseguir hacia al Lago de Atitlán.

Con expectación llegamos a Panajachel, en las riberas de otra belleza difícil de describir: el Lago de Atltlán, considerado por muchos como uno de los más hermosos del mundo. Allí nos esperan Petul (Pedro) Quic y su esposa Mirna Yoc, ambos catequistas en la parroquia de Santiago Atitlán y también compañeros del reciente Encuentro de biblistas populares en Costa Rica.
Mirna y Petul son indígenas mayas como la gran mayoría de la pobración guatemalteca; ellos pertenecen a la etnia tzutuhil, una de las 22 en que se divide el tronco maya en esta nación centroamericana de 14 millones de almas y una superficie un poco mayor que la del estado de Oaxaca.
Como parte de mi peregrinación, ya me había preparado durante el viaje leyendo un libro que me impresionó: "Love in a fearful land", que narra la historia del padre Stan Rother, párroco por 13 años de la iglesia de Santiago, asesinado por grupos paramilitares en julio de 1980.
Cuando llegamos a la enorme atrio de la antigua parroquia, a Petul se le nublan los ojos cuando nos muestra la fachada del templo y nos comienza a contar la historia de Stanley Francis Rother.
"Yo no quiero a los gringos, pero este sacerdote era un santo. Vino de Oklahoma y trabajó con nuestro pueblo como nadie lo ha hecho jamás: nos enseñó eficientes técnicas agrícolas, construyó un hospital, tradujo a nuestra lengua el Nuevo Testamento y siempre trataba a nuestra gente con gran respeto y ternura" "Eran los años terribles -continúa Petul- de las matanzas de los soldados kaibiles, de los paramilitares que llegaban a media noche a nuestras aldeas y asesinaban brutalmente a catequistas y líderes comunitarios porque decían que eran "subversivos". Toda Guatemala sufrió esa pesadilla por muchos años... muchos murieron y otros huyeron hacia Chiapas y Campeche en México (Mario, el compañero campechano que vaja con nosotros, trabaja en un antiguo campamento de refugiados)." "El padre Stan no simpatizaba con la guerrilla tampoco, pero despertaba nuestra conciencia... primero mataron a diez catequistas, mi papá entre ellos, que era del grupo de los que traducían la biblia a nuestra lengua" Petul rompe en llanto y ya no puede continuar, lo abrazamos y entramos al templo para ver la tumba del sacerdote, Petul se sobrepone y nos dice que el padre Stan pudo haber huido porque era americano, pero en la época de mayor violencia decidió quedarse con su pueblo, pensando tal vez que por ser extranjero podría salvarse, pero no fue así.
"Su familia quería llevarse el cuerpo, pero los convencimos de que se quedara aquí"

"En esa época yo tenía 12 años pero me acuerdo bien", -termina Petul-. Dentro de la iglesia nos topamos con un grupo de católicos estadounidenses del estado de Michigan, que han conocido la historia del padre Stan y los catequistas mártires y vienen con respeto a visitar el lugar. Al salir de nuevo al atrio, el enorme volcán de San Pedro se alza imponente. Ante tanta belleza, me cuesta trabajo imaginar la violencia que asoló a Guatemala en esos años: fueron 200 mil muertos y muchísimos desplazados para nada, porque el país sigue sumido en la pobreza y la injusticia, y aunque la paz hace mucho que se firmó al igual que en el vecino El Salvador, el crimen común y el crimen organizado siguen azotando a la población.
Todavía en un año tan reciente como fue 1998, el obispo Juan Gerardi fue asesinado cuando se publicó el relato llamado Guatemala nunca más, Memoria, Verdad y Esperanza.

Pienso también en esos estadounidenses valientes que se pusieron al lado de quienes más sufrían las consecuencias de una política de exclusión y represión apoyada por su propio gobierno: "Los gringos son bobos" -me decía hace años una amiga chicana en Texas- "pero cuando abren los ojos y se dan cuenta de las cosas, son disciplinados, constantes, persistentes... nosotros los latinos nos quedamos en la palabrería, y ellos, por su pragmatismo innato, llegan a acciones efectivas y son capaces de dar la vida por sus ideales."

Nos despedimos de Petul, Mirna y otros catequistas en el pueblo ribereño de Santiago Atitlán, para continuar nuestro viaje hacia el oeste, a la diócesis de San Marcos, ya fronteriza con México. Allí nos espera un gran amigo mío, el obispo Alvaro Ramazzini, para mostrarnos cómo el proyecto de diócesis hermanas que me tocó comenzar hace diez años, ha dado frutos abundantes.
Todo empezó cuando estaba yo en Delaware como encargado de esa diócesis para la pastoral hispana. El entonces obispo Saltarelli me encargó, con motivo del Jubileo 2000, escoger una diócesis latinoamericana para establecer un "hermanamiento de solidaridad" entre católicos del "Norte" y el "Sur"...
No lo pensé mucho al elegir San Marcos, Guatemala, ya que en Delaware existe un gran número de indígenas mayas de la etnia mam prodecentes de allí, trabajando en las procesadoras de pollo, además había oído hablar de don Alvaro Ramazzini como obispo comprometido con los indígenas.

Lo que vi en San Marcos me sorprendió: una estación de radio en lengua mam, multitud de proyectos de regeneración de suelos y captación de agua de lluvia, invernaderos de tomates, proyectos de café orgánico y artesanías que operan bajo la premisa del "comercio justo", seis clínicas populares... un grupo de estudiantes de bachillerato de visita en la zona para saber a primera mano "por qué emigran los centroamericanos a nuestro país". Pero además existe lo que no se ve: salarios para agentes de pastoral que de otra forma sobrevivirían de manera precaria. En fin, la pequeña semilla ha germinado hasta convertirse en un gran árbol con 34 ramas, 34 proyectosexitosos donde los dólares de católicos solidarios del Norte han transformado la realidad de cientos de familias indígenas y, en muchos casos, han desembocado en proyectos autogestivos.

"Mira en lo que se ha convertido esto, Nacho" -me dice Alvaro- pero le recuerdo que, si bien yo puse la semilla, los dos comités tanto en Estados Unidos como aquí, han logrado llevar este gran hermanamiento a buen puerto.
Alvaro y miembros del Comité de Diócesis Hermanas me hacen prometer que volveré cada dos años para ir viendo se cerca como crece este gran "árbol de solidaridad".

Volvemos a Huehuetenago y, desde allí, al fin a la Mesilla, en la frontera con México. Los 86 kms que separan a Huehue de la frontera cruzan un paisaje de dramática belleza: un profundo cañon al fondo del cual corre un río embravecido, y a los lados, enormes montañas donde los campesinos han reemplazado al bosque con campos de maíz aquí y allá.
Es víspera del día de difuntos, y al destartalado autobús suben y bajan casi en cada curva, indígenas enfundados en sus abigarrados atuendos, portando enormes ramos de flores de sempasúchil a los panteones de sus seres queridos.
Y aunque todos hablan en armoniosa lengua maya y al mismo tiempo, no gritan, y apenas parece un susurro todo ese bullicio.

Me conmueve el rostro de las mujeres ancianas porque refleja una gran tristeza: ¿Cuántas cargas de leña han soportado? ¿Cuántos miles de tortillas han tenido que cocinar? ¿Cuántos golpes de sus parejas habrán tenido que sufrir? ¿Cuántos huipiles y blusas habrán tejido?

Llegamos por fin a la frontera con México y nos disponemos a entrar a Chiapas.
Han sido más de 30 días de intensas experiencias, nuevos amigos, impresiones imborrables, un mundo de nueva información para profesar poco a poco. Un nuevo privilegio de la vida el haber estado en estas benditas y sufridas tierras centroamericanas, nuestros vecinos del sureste...
"Mira Nacho", -me dice el amigo Mario- "En todo el viaje no sufrimos ningún incidente de robo y asalto, ¡Qué suerte!"
Le contesto: "Ojalá pudieran tener la misma suerte los centroamericanos que cruzan hacia el Norte atravesando México".
De regreso a nuestro país, me acuerdo que me espera dentro de poco un curso bíblico en región Mixteca de Oaxaca, pero eso será otra historia.

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